La aplicación rusa FaceApp generó hace unas semanas mucha controversia en todos los medios de comunicación: convierte tu cara en la de una persona más vieja o más joven, que te pone una sonrisa o te convierte en mujer o en un hombre. Esta aplicación no salió ayer al mercado, lleva años en las distintas tiendas de aplicaciones, pero por alguna extraña razón se puso de repente en el ojo de un huracán.

Lo primero que debemos entender, y de lo que en muchas ocasiones ya se ha advertido, es que absolutamente todo lo que enviamos por internet –WhatsApp, Facebook, Instagram, o cualquier otra aplicación– puede ser visto y biométricamente utilizado y es una fuente de información muy interesante para miles de empresas que sabrán utilizarla de una u otra forma. Numerosos expertos han verificado que la aplicación, al final, no se queda con ninguna foto. Pero, y si lo hace, ¿habría realmente algún problema?

Recordemos el escándalo de Facebook y Google, que han admitido escucharnos sin nuestro permiso. ¿Es entonces tan sorprendente que una aplicación rusa vea nuestras fotos? Quizás la respuesta está en la misma pregunta, es decir, que se trata de una aplicación rusa. Posiblemente estemos detrás de una especie de competición entre empresas o países que estarían luchando por los datos que los usuarios de aplicaciones envían a través de sus teléfonos móviles. Llama mucho la atención que algunos políticos estadounidenses hayan alertado sobre el uso de dicha herramienta.

Por ello, lo que no debemos olvidar es que todo lo que hacemos, miramos, enviamos, fotografiamos o hablamos cerca de dispositivos electrónicos puede, y muy probablemente, es visto por alguien. Y cuando nos miran, el objetivo no es ver una simple foto, sino analizar millones de ellas buscando tendencias de mercado o alguna característica interesante para las empresas.

Pongamos un ejemplo: si la foto que ha subido del antes muestra algunas arrugas, no se sorprenda si empiezan a enviarle publicidad de cremas antiarrugas. Ese sería el mayor riesgo que afrontaría un usuario de este tipo de aplicaciones.

Parte de la polémica en torno a FaceApp tiene que ver con la sospecha de que la agencia de inteligencia rusa pide los códigos fuente y de acceso a la misma. Pero la CIA, la agencia de inteligencia de EE UU, también los pide a las aplicaciones hechas en Estados Unidos o en los países aliados, por lo cual no debería sorprendernos tanto este hecho.

Las agencias de inteligencia a nivel mundial tienen acceso a nuestros datos. Y de hecho acceden a ellos, aunque algunas lo nieguen. Los buenos somos mayoría, pero los malos deben ser encontrados se oculten o no detrás de una aplicación de móvil. Lo que saben bien los malos es que las redes sociales son terreno resbaladizo, porque son objeto de minuciosos rastreos.

De hecho, en algunos casos, cuando hemos sabido de la detención de algún criminal, se ha descubierto que él mismo cometió el error de subir una foto o comunicarse en una red social, y que dicha información fue detectada, procesada y, por consiguiente, se pudo localizar la ubicación del delincuente. Las agencias de inteligencia han tenido que actualizarse y modernizarse. Los tiempos en los que los espías se colocaban detrás de una pared han terminado. Ahora se han transformado en espías digitales.

Si usted no se dedica a ninguna actividad delictiva y no está metido en oscuros negocios, use y disfrute tranquilamente de todas las aplicaciones que tenga o descargue, pues sus datos, quiera o no, los están mirando, robando, escuchando o utilizando en cualquiera de los casos.

En la era de la información es muy difícil regular el acceso a los datos y aunque existen leyes que protegen a los usuarios, hay siempre recovecos legales (o no tan legales) que permiten curiosear lo que hacemos, miramos o decimos. Las pruebas que respaldan esta afirmación están en la base de todos los escándalos de escuchas y de filtración de datos que han saltado a la opinión pública.

La otra opción que queda es que se desconecte totalmente de toda red social, que no use internet, que no utilice un móvil y que solamente envíe cartas por correo postal a sus amigos. Suena extraño, pero así vivíamos antes de que existiera internet y los teléfonos móviles. Por ello, si bien gozamos de un sinnúmero de ventajas al utilizar las tecnologías de la información y la comunicación, también debemos asumir los riesgos y no pensar inocentemente que nadie nos verá o que todo es 100% privado.

Andrés Arenas Falótico es profesor de Empresas e investigador de la Universidad Nebrija

Fuente: Cinco Días