La Compañía Vinícola del Norte de España (CVNE) nació pegada al tren, en el Barrio de la Estación de Haro (La Rioja), desde el principio con un muelle que conectaba la bodega directamente con el ferrocarril, una vía fácil para que sus vinos emprendiesen viaje. Sin embargo, en los 140 años que cumple en 2019, la empresa fundada por los hermanos Eusebio y Raimundo Real de Asúa apenas salió nunca del pueblo. Dirigida ahora por la quinta generación de la familia, la bodega conocida como “cune”, ha decidido por fin echar raíces fuera de la región y de la denominación de origen para expandir el negocio, con proyectos en Ribera del Duero, Valdeorras (Galicia) y cava.

“Las cosas en el mundo del vino van muy despacio. Queríamos haber hecho esto mucho antes, pero se ha dado ahora”, explica sobre esta expansión Víctor Urrutia, consejero delegado de CVNE y descendiente de los fundadores. Lo que se ha dado ahora es que la compañía, que contaba con cuatro bodegas en la Rioja Alta y Alavesa (la original que da nombre a la empresa, Imperial -dentro esta-, Viña Real y Contino), ha comprado a lo largo de 2017 y 2018 varias bodegas en otras Denominaciones de Origen (DO): Anta Banderas, anteriormente propiedad de Antonio Banderas, en la DO Ribera del Duero; Virgen del Galir, en la DO Valdeorras, y Roger Goulart, en la DO Cava.

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En los dos primeros casos, las bodegas van acompañadas de viñedo (más de 70 hectáreas en Burgos y otras 20, con intención de duplicarlas, en Ourense). En el caso del cava, los viñedos son alquilados. “Ese es un tema pendiente. Para hacer un vino de calidad necesitas controlar el viñedo y la mejor forma de controlarlo es teniéndolo en propiedad”, anuncia Urrutia en su despacho de la sede de Madrid. En las otras bodegas, al control de la propiedad de la uva añaden la labor enológica para dar a ese fruto su visión de lo que debe ser el vino. En estos movimientos, cuenta Urrutia, así como en la mejora de las bodegas y la compra de terrenos en Rioja, donde supera las 500 hectáreas, ha invertido CVNE 40 millones de euros en los últimos cinco años.

En todo caso, la compañía, que en 2016 facturó “cerca de 100 millones de euros”, frente a los 96 del año anterior, no cierra la puerta a otras incursiones. “Hemos ido a las zonas que más nos interesan”, señala el bodeguero, “pero hay mucho viñedo en España abandonado u olvidado con un potencial tremendo”.

Urrutia afirma que este acelerón de la expansión no tiene que ver con el hecho de que la empresa abandonase la Bolsa en 2015 y la familia recuperase el pleno control. “Salimos a Bolsa para dar la mejor salida a aquellos socios que querían vender sus acciones; era la forma más transparente, líquida y justa: en 2015, consideramos que ya había pasado suficiente tiempo, no tenía sentido estar en Bolsa”. Desde entonces no ha habido cambios significativos en la propiedad, asegura, y no hay planes de volver. “Solo tiene sentido si buscas formas de financiación, y no es nuestro caso, apenas tenemos deuda, cualquier operación la podemos hacer nosotros perfectamente”, asegura.

Reivindicar lo propio

Urrutia reitera con insistencia la idea de “recuperar” viñedos en desuso y mira al pasado, a usos tradicionales, a variantes autóctonas de fruta, para proyectar el vino español hacia el futuro con mayor prestigio y superar el lastre de ser un vendedor de graneles baratos. “Esa es la forma en que deberíamos presentarnos en el mundo, no queriendo copiar a las bodegas del nuevo mundo o queriendo traer variedades internacionales. Debemos buscar lo auténtico, lo propio, hacerlo como lo hacían nuestros abuelos y explicarlo a los consumidores de fuera de España”, defiende. Para su bodega, la exportación fue, como para muchas empresas, una vía de salida de la crisis económica, la de la hostelería y la de la prolongada caída del consumo de vino per capita. Ahora la mitad de su facturación viene de fuera y la previsión es que el negocio exterior crezca un 10% este año, por un 6% el doméstico.

Europa y EE UU son los principales mercados para CVNE, y Urrutia mira a Asia, “una asignatura pendiente” del sector. “Allí hay millones de consumidores y cuando buscan un producto europeo de calidad, miran sobre todo a Francia; y si buscan algo más moderno, a Australia o Chile”. Ayudaría, dice, una manita del Gobierno para reducir o eliminar aranceles en mercados de América o Asia. Y pone el ejemplo de Chile: “Estamos un poco en desigualdad de condiciones. Ellos parece que se han movido mejor, quizá porque exportan otros recursos estratégicos”, desliza.

Fuente: El País