Para gran parte de Japón, Carlos Ghosn representa todo lo malo de la clase ejecutiva internacional. El gaijin (extranjero) que salvó a Nissan, que en su día fue considerado un héroe e incluso homenajeado en un manga, ahora es visto como un paria codicioso. Por eso es difícil encontrar mucha empatía doméstica por los meses que pasó en prisión, las horas de interrogatorio sin abogado, e incluso las recientes prohibiciones de que hable libremente con su familia.

Los fiscales japoneses alegan que Ghosn subestimó sus ingresos, explotó la generosidad de la compañía para hacerse con apartamentos de lujo en todo el mundo o, según la última acusación, embolsarse 4,5 millones de euros en efectivo de Nissan. Han pintado el perfil de un jefe deífico que dio prioridad al autoenriquecimiento por encima de los intereses de las empresas que supervisaba (Nissan, Renault y Mitsubishi).

Todo esto podría ser cierto, y Ghosn ir a prisión. Pero hay una perspectiva alternativa que merece consideración, si no por parte de los fiscales, sí por parte de los políticos japoneses. Aparte del propio testimonio de Ghosn –presentado en un video similar al de un rehén– el trato relativamente duro a un jefe extranjero corre el riesgo de perjudicar a la Tierra del Sol Naciente cuando busque ejecutivos internacionales.

No se trata de excusar una conducta criminal o condonar un mal comportamiento. Y es probable que el independiente poder judicial de Japón esté siendo fiel a su versión del estado de derecho, que debe tanto al pensamiento confuciano y al código de los samuráis como a las tradiciones occidentales importadas durante la era Meiji y luego impuestas durante la ocupación de EE UU.

Pero el caso Ghosn ha conmocionado al mundo, o al menos a los forasteros que trabajan en Japón o que esperan que su sistema judicial asuma la presunción de inocencia, no de culpabilidad. “Es lo que puedes encontrarte en Rusia o China, ¿pero en Japón?”, dice un ejecutivo de Wall Street.

Aunque a muchos japoneses podría gustarles ver cómo se marchan los capitalistas extranjeros, con sus altos salarios y sus individualistas estilos de gestión, el trato a Ghosn ha hecho que Japón dé dos pasos atrás en un momento particularmente inoportuno. Es el primer país desarrollado que se enfrenta a algo así como su propia extinción. Durante los próximos 50 años, se espera que su población disminuya de un máximo de 127 millones de personas en 2008 a tan solo 88 millones. Desde la Peste Negra en la Edad Media, o guerras más modernas, una sociedad no ha afrontado un reto demográfico tan llamativo. Por eso los líderes japoneses, en particular el primer ministro, Shinzo Abe, han exhortado a las empresas a que se globalicen. Adquirir activos y rivales en el extranjero es una forma de prepararse para un mercado doméstico en declive, según ese razonamiento.

Japón SA ha respondido diligentemente. Solo el año pasado, las empresas japonesas gastaron un récord de 165.000 millones de euros en operaciones fuera del país, más que sus homólogas chinas. Durante la última década, han desplegado 670.000 millones en adquisiciones salientes. Un 60% de las ventas de las empresas japonesas se generan ya en el extranjero. Y justo ahora, llega el caso Ghosn.

“Cuando hablo con mis amigos de EE UU o Europa, todos se muestran preocupados” de que los fiscales no puedan distinguir entre un problema de gobierno corporativo y uno criminal, dice Yuko Kawamoto, profesora de la Escuela de Negocios de la Universidad de Waseda y consejera de la financiera Mitsubishi UFJ Financial. “Nissan debería haber resuelto este tipo de problemas sin el apoyo de la fiscalía”.

La forma de manejar los asuntos internos y los pésimos controles de Nissan –poniendo a la policía a la caza de su CEO, por ejemplo– es una burla a los años de duro trabajo realizado por las autoridades. Es cierto que, pese a tener un CEO extranjero, Nissan estaba lejos de ser un ejemplo de buen gobierno. Pero su conducta oscurece el progreso realizado, en conjunto, en todo el panorama empresarial japonés.El 98% de las empresas más grandes tienen ahora dos o más consejeros independientes, un 18% más que en 2013. De estos, el 41% tiene consejos que son independientes en un tercio o más, frente a menos del 6% hace seis años.

“Es más problema la falta de buen gobierno en Nissan que entrar en lo que haya hecho Ghosn”, afirma Hirofumi Hirano, que dirige KKR en Japón. “Lleva mucho tiempo pasando y no es poco dinero. Que una gran empresa como Nissan no vigilara al CEO fue más bien una sorpresa para nosotros”.

Otros escándalos corporativos han sacudido Tokio. Toshiba y Olympus, se han visto envueltos en estafas contables en los últimos años. En el caso Olympus, tres ejecutivos fueron declarados culpables de un fraude de 1.500 millones, pero escaparon de sentencias de cárcel. La impresión es que Ghosn está siendo tratado de forma más punitiva, ya sea por ser extranjero o porque sus supuestos pecados se cometieron por enriquecimiento personal, no para proteger a la compañía, como se argumentó en el caso Olympus.

El riesgo no es solo que los ejecutivos foráneos no quieran dirigir empresas japonesas, que en todo caso no iban a ser muchos; es que muchos más se lo pensarán dos veces antes de trabajar para una empresa japonesa o de vender su negocio a una. El trato a Ghosn hace que el mundo dude de si puede confiar en que Japón cumplirá con las normas del mercado.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

Fuente: Cinco Días